SIÉNTANSE ORGULLOSOS DE SU GOBIERNO

 

Hay algunas crisis de tal magnitud que produce cierto pudor referirse a ellas para valorar aspectos positivos, optimistas o esperanzadores. Hay tragedias de tal calado que nos condenan a enmudecer, a lamentar la desgracia y a sumirnos en la melancolía, como si salir del abatimiento constituyera una ofensa imperdonable. Es evidente que algo de esto nos ocurre con la terrible emergencia sanitaria del coronavirus. Vaya por delante que el primer sentimiento que debemos tener después de este dramático mes y medio sea precisamente ése: el de la constancia de que estamos viviendo un verdadero drama, un episodio funesto en la historia mundial más reciente y una tragedia global alimentada de cientos de miles de tragedias familiares, de incontables lágrimas de dolor y sufrimiento…

Sin embargo, que nos invada la tristeza y la consternación no es incompatible con formular un análisis riguroso y desapasionado de lo que está ocurriendo, no sólo en España, sino en el mundo entero, con esta pandemia criminal.

Decimos esto porque en el último mes y medio estamos viendo a un Gobierno volcado contra el coronavirus. Todo ha pasado a segundo plano. La prioridad era atajar los contagios desde que se detectó la entrada del virus y su riesgo de expansión. Aunque es de perogrullo, hay que recordar que el origen de la pandemia no está en España, ni ha irrumpido sólo en España, ni se ha extendido sólo en España, ni ha causado desgraciadamente miles de muertes sólo en España. Está ocurriendo en todo el planeta. Por tanto, no es culpa de la gestión del Gobierno, como algunos radicales insensatos se empeñan en propagar. Por esa desquiciada regla de tres, los partidos de la oposición de medio mundo ya deberían estar acusando a sus gobiernos… No está ocurriendo. Esta irresponsabilidad sólo pasa en España. Ésta es la marca de la derecha española.

Dicen que el Gobierno actuó tarde… Tarde, como los demás países, querrán decir. Que es lo que, además, suele ocurrir cuando uno se enfrenta a un riesgo desconocido, a un enemigo del que poco se sabe y cuyas consecuencias no están registradas. Pese a ello, la declaración del Estado de Alarma en España se hizo antes que en otros países de nuestro entorno.

Hay que intentar ser justos y ecuánimes. Vamos a decirlo con claridad: el Gobierno de España habrá cometido errores en la gestión de la crisis, por supuesto. Faltaría más. Era (y es) imposible no cometerlos ante un adversario desconocido. Ha pasado aquí. Y ha pasado en los demás países. Errores cometidos desde una actitud bienintencionada y de esfuerzo leal, errores que admiten críticas constructivas (para corregir y mejorar), pero que no merecen los reproches mezquinos y ruines que hemos llegado a escuchar.

Es una gestión que ha tenido aciertos, con medidas difíciles que implicaban un enorme sacrificio para todos. Hoy la curva de contagio está bajo mínimos. Hemos empezado el proceso de desescalada. Y hemos llegado hasta aquí con un plan de choque histórico, un escudo social sin precedentes para proteger a trabajadores, familias, autónomos, pymes y empresas cuyo contenido no vamos a repetir. Y esto ha sido posible porque había un Gobierno progresista en España. Un Gobierno que se está dejando la piel en la lucha contra esta crisis, nos guste su color político más o menos, nos simpaticen sus miembros más o menos. Con todo el respeto, siéntanse orgullosos de su Gobierno.

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